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Finales históricas: el Maracanazo

[27/01/2012] Dani Rodríguez
Schiaffino supera a BarbosaSchiaffino marca el 1-1; las cosas empezaban a torcerse para Brasil... (FOTO: Cordon Press)

Pistoletazo de salida a una nueva sección semanal en Servifutbol, con la que viajaremos atrás en el tiempo en busca de las finales con más miga de la historia del fútbol. Finales históricas.

Y empezamos con el pie algo torcido, porque no vamos a hablar propiamente de una final. Podéis pensar que es el peor comienzo posible para una sección que se llama Finales históricas, pero no; dadle la vuelta a la tortilla: ¿qué mejor forma de empezar que con un partido que no es una final, pero todo el mundo la considera como tal? ¿No significa eso que el partido en cuestión es muy, muy especial? Lo es. Nos vamos a un día que respira historia, el 16 de julio de 1950...

El Brasil-Uruguay de aquel día en Río de Janeiro era el último partido de aquella edición de la Copa del Mundo, juntamente con el Suecia-España, que se jugaba a la misma hora en Sao Paulo. Sin embargo, el extraño formato del torneo provocó que no fuese una final en el sentido estricto. La ronda decisiva no era eliminatoria, sino que la componían cuatro equipos agrupados en una pequeña liguilla. El ganador de dicha liguilla alzaría la copa de campeón. En cualquier caso, los resultados convirtieron ese partido en toda una final. Los brasileños, anfitriones y favoritos, sumaban cuatro puntos, por tres de los vecinos uruguayos. Ni españoles ni suecos optaban ya al título. Maracaná, el escultural Maracaná, lucía imponente (casi 174.000 espectadores según cifras oficiales, 250.000 según otras fuentes) para lo que se adivinaba poco menos que un paseo. Nadie en Brasil contemplaba una derrota.

¿Había motivos para la euforia? Bueno, lo cierto es que Brasil era líder del grupo final después de humillar por 7-1 a Suecia y por 6-1 a España, rivales contra los que los uruguayos habían sufrido: 3-2 y 2-2, respectivamente. Jugaban en casa y contaban con un gran equipo. Y, sobre todo, les valía el empate. Pero Uruguay no era una selección cualquiera: ya tenía un Mundial y había sido ocho veces campeona de América. Era un rival al que tocaba respetar, pero el país anfitrión obvió ese detalle. Los periódicos anunciaban la victoria el mismo día del partido, las calles estaban engalanadas y el ambiente era de carnaval. A primera hora de la mañana ya había colas para acceder al estadio...

Un estadio que casi se viene abajo cuando Friaça marca el primero para Brasil. Minuto 47, la locura. Una ciudad entera en las gradas enloquece, afuera hay coches esperando la salida de los campeones. Jules Rimet, el artífice de la Copa del Mundo, prepara un discurso en portugués. Pero Obdulio Varela, el capitán uruguayo, recoge la pelota de las mallas y protesta al árbitro. Reclama fuera de juego, insiste, incluso pide la presencia de un traductor. Todo en vano, porque el gol ya luce en el marcador. Pero esa jugarreta, totalmente consciente, permite que cuando se reanuda el partido la multitud ya esté más calmada. Es el momento de Uruguay. Varela comanda a su equipo, que toma la iniciativa y logra empatar 20 minutos más tarde. El resultado aún favorece a Brasil, pero en las gradas se murmura: "¿Y si...?"

En el minuto 79, sucede. Julio Pérez y Alcides Ghiggia trenzan una jugada, Ghiggia logra superar a Bigode y encara al meta Barbosa. Chut raso, seco, que el portero no logra cazar. Adentro. 2-1, adiós al sueño brasileño. Casi tan dramático como el partido fue lo que vino después. Jules Rimet le entregó, casi clandestinamente, la Copa a Varela. Maracaná vomitaba a los aficionados sombríos y llorando, algo inimaginable unas horas antes. La Confederación Brasileña de Fútbol tuvo que tirar las medallas de oro que ya había acuñado. Hubo, dicen, incluso suicidios...

Para el recuerdo, dos cosas más. En primer lugar, la marginación deportiva total a casi todos los hombres de aquel equipo, especialmente al portero Barbosa, quien pese a que siguió jugando al más alto nivel tuvo que cargar con la culpa de aquella derrota, e incluso ver como su estigma era casi algo social. En segundo lugar, el cambio de colores. Brasil, que vestía totalmente de blanco, jamás uso de nuevo ese color. A partir del maracanazo, la camiseta brasileña es la verdeamarelha que todos conocemos hoy.

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